Mi corazón palpita como una patata frita

Uno de los problemas en los que solemos caer los seres humanos es el de intentar controlar y razonar todo. No digo con esto que razonar sea malo, es una de nuestras cualidades. Tampoco digo que nos apuntemos al descontrol desenfrenado. Las cosas no son en sí ni buenas ni malas, sólo pasan a ser perjudiciales si las aplicamos en momentos inadecuados. ¿Realmente necesito controlar mi cuerpo para asegurarme que funcione bien?. Si hiciese tal cosa, pongamos como ejemplo el crearme la duda sobre el buen funcionamiento de mi corazón, me crearía la necesidad de controlarlo…Y el problema está servido. Como dice Antonio Damasio:

“La naturaleza hace mucho tiempo que se preocupa de proporcionar a los organismos vivos los medios para regular y mantener su vida de manera automática, sin necesidad de hacer preguntas ni pensar”

Vivimos en una constante contradicción con nosotros mismos, ya que por un lado no podemos evitar ser parte de la naturaleza, con sus propias reglas, y por otro lo que nos ha  hecho diferentes, nuestro razonamiento, nuestra mente, nuestra voluntad, nos da la sensación de que no sólo hemos sobrevivido a la naturaleza sino que la hemos superado. Esta combinación nos lleva a querer utilizar nuestra mejor herramienta en momentos inadecuados, siendo en esto resistentes al cambio. Si intento controlar lo que funciona muy bien sin que yo lo piense, ya lo estoy descontrolando. Si pienso en mi corazón lo altero, si intento controlar mi caminar me tropiezo…

“No hacemos nada bien hasta que dejamos de pensar en el modo de hacerlo” W. Hazlitt

El molesto equipaje del Sr. Problema

¿Realmente qué es  lo que supone un problema para nosotros?. Como ya decía Epicteto :

“No son las cosas las que atormenta a los hombres sino los principios y las opiniones que los hombres se forman acerca de ellas. La muerte, por ejemplo, no es terrible; si lo fuera, así le habría parecido a Sócrates. Lo que hace horrible a la muerte es el terror que sentimos por la opinión que de ella nos hemos formado. En consecuencia, si nos hallamos impedidos, turbados o apenados, nunca culpemos de ello a los demás sino a nuestras propias opiniones. Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás”.

Los problemas muchas veces son inevitables, pero el sufrimiento que producen es opcional, es lo que pienso de él lo que alimenta mis sentimientos. Si pudiéramos simplemente analizar el problema, valorar qué herramientas necesito, cómo debo hacer para solucionarlo, qué he hecho y no me ha ayudado, nos pondríamos en el camino adecuado. Una de las maneras que tenemos para sentirnos tranquilos es el saber que da igual el problema, encontraré la solución. Nos convertiríamos en este sentido en unos problem solvers. Y es bueno ir cultivando esta habilidad ya desde pequeños, no hay nada mejor que ir creciendo manejando los pequeños problemas que vayan apareciendo, ya que estos serán un buen campo de entrenamiento para la vida. Como decía Karl Popper “vivir es solucionar problemas”.

Por tanto, cuando más huyamos de los problemas, más nos precipitamos a ellos sin control. Querer no tener problemas es ya un problema, ya que en la naturaleza sin vida no hay problemas.

De la importancia del objetivo

Que la definición del objetivo es asunto importante, está claro desde el primer momento que se ve ligado inevitablemente a la acción. Sabemos sobradamente que la acción es uno de los salvavidas que nos mantienen a flote, ya que no está en la naturaleza del ser humano el soportar bien la inactividad. El tema es que una vez atrapado en esta telaraña de pasividad, es difícil salir de la trampa. Como marinero atrapado por los cantos de sirena, flotamos en nuestra mayor perdición con la falsa sensación de bienestar. Ahora bien, una vez detectada la situación de una manera racional, dudaremos de nuestra fuerza de voluntad para realizar cualquier tipo de esfuerzo. Y es en este momento cuando el objetivo cumplirá su función, como bien decía Viktor Frankl:

“…donde hay un objetivo, allí hay también una voluntad. Quien tiene bien claro un objetivo y aspira de verdad a alcanzarlo, nunca se quejará de que carece de fuerza de voluntad.”

Por lo tanto, un objetivo te moviliza, focaliza y dirige tu movimiento y te impulsa fortaleciendo tu voluntad.

 

…Y hablando de duda.

¿Pero entonces… la duda es algo malo?. No necesariamente. Si lo analizamos, podemos darnos cuenta de que la duda, la duda sana y funcional, siempre, e inevitablemente nos llevará a la acción. Y esto pasa porque fomenta un proceso creativo dentro de nosotros. Pero al responder a preguntas que, aunque disfrazadas en una estructura aparentemente lógica, no lo son, entramos en un bucle obsesivo, en busca de una respuesta  que nos permita quedarnos tranquilos. Y esa busca de la respuesta correcta nunca nos llevará a la acción, todo lo contrario, nos bloqueará. Porque no existen respuestas correctas a preguntas incorrectas. Para distinguir una de otra, citando a Ortega y Gasset “…donde usted formula el problema enuncia, en rigor, la solución. Nuestros enigmas y preguntas suelen ser respuestas disfrazadas con los dos rizos postizos de la interrogación“. El otro tipo de dudas, de preguntas, no tienen respuestas e intentar buscarlas nos mete… en un laberinto.

 

El objetivo es que no hay objetivo

Tras una serie de días intentando pensar en cómo iniciar esta aventura, cuál sería el mejor contenido, de qué quería hablar… ¿pero, realmente quiero hablar? ¿debería enfocarlo a esto o a lo otro?….. me he dado cuenta de que estaba entrando en una dinámica de duda patológica, queriendo tener claros conceptos a priori, conceptos que sólo se me aparecerán claros en el ir haciendo. Así que he optado, como buena estrategia para la duda patológica, por empezar y dejar así que mi mente analítica y racional deje de bloquearme la acción. Como decía Heinz Von Foerster “si quieres ver aprende a actuar”.