¿Cómo es que nos cuesta tanto cambiar?

Realmente puede parecer curioso… ¿cómo es posible que habiéndome dado cuenta de lo que necesito o quiero, no sea capaz de lograrlo? Seguramente pueda ser un pensamiento que todos hayamos tenido en un momento u otro. Y si nos precipitamos en sacar conclusiones sin analizar los hechos de una manera adecuada, seguramente lleguemos a hacernos ideas equivocadas. Podría llegar a ser terrible, si a partir de ello creo una teoría sobre mi naturaleza o mi personalidad, o si empiezo a preguntarme el por qué no soy capaz de esto o de lo otro. Ya el padre de Sherlock Holmes, A. C. Doyle, que sabía mucho de investigar con criterio, decía:

“Con frecuencia sólo conseguimos discernir los hechos importantes después de haber suprimido la pregunta por qué; entonces en el transcurso de nuestras indagaciones, los propios hechos nos dan la respuesta”

Así pues, indaguemos. Pongamos el caso: me fijo una meta, la cual considero del todo necesaria, y en su análisis se puede concluir que es de lo más razonable. Hasta aquí todo bien. Tras esto, creo que lo siguiente es lanzarme a la acción atacándola de frente, abarcándolo todo. Consigo mantenerme en la contienda un tiempo determinado, este variará dependiendo de la intensidad y cantidad del esfuerzo empleado. Y llega el momento, generalmente antes que después, que flaqueo y abandono. Este mismo esquema lo repito una y otra vez, alternándolos con períodos de descansos, necesarios para olvidarme de que sólo estoy haciendo A+B=C. A veces tardamos en darnos cuenta de que si haces lo que siempre has hecho, obtendrás lo que siempre has tenido. En este caso, no cambiar algo, no conseguir algo. El fallo está en querer dar un salto demasiado grande. Si quiero cambiar algo o quiero conseguir algo, lo mejor es que lo fraccione de tal manera que todos los días pueda hacer esa pequeña cosa. De esta forma conseguimos un efecto acumulativo. Lograremos hacer una gran cosa gracias a esas pequeñas cosas que he conseguido mantener en el tiempo. Porque no hay que olvidarse que muchas veces, y sobre todo para lograr un cambio, un esfuerzo muy grande pero puntual no es tan efectivo como un pequeño esfuerzo mantenido en el tiempo. ¿Qué será de las montañas azotadas todos los días por el viento?

De la importancia del objetivo

Que la definición del objetivo es asunto importante, está claro desde el primer momento que se ve ligado inevitablemente a la acción. Sabemos sobradamente que la acción es uno de los salvavidas que nos mantienen a flote, ya que no está en la naturaleza del ser humano el soportar bien la inactividad. El tema es que una vez atrapado en esta telaraña de pasividad, es difícil salir de la trampa. Como marinero atrapado por los cantos de sirena, flotamos en nuestra mayor perdición con la falsa sensación de bienestar. Ahora bien, una vez detectada la situación de una manera racional, dudaremos de nuestra fuerza de voluntad para realizar cualquier tipo de esfuerzo. Y es en este momento cuando el objetivo cumplirá su función, como bien decía Viktor Frankl:

“…donde hay un objetivo, allí hay también una voluntad. Quien tiene bien claro un objetivo y aspira de verdad a alcanzarlo, nunca se quejará de que carece de fuerza de voluntad.”

Por lo tanto, un objetivo te moviliza, focaliza y dirige tu movimiento y te impulsa fortaleciendo tu voluntad.