Un mal día para el Sr. Problema

Es curioso cómo un problema se ve perpetuado por los propios intentos de solución. Un día el Sr. Problema se despertó con una extraña sensación, se notó inapetente, sin fuerzas para afrontar el día. Mientras se preparaba, empezó a pensar que no era normal, que no debería sentirse así. Intentó buscar todos los argumentos que la razón le proporcionaba para redescubrirse a sí mismo que no tenía motivos para sentirse de este modo. Todo esto le llevó al fin a creer que algo dentro de él no estaba bien, produciéndole un agravamiento de la sensación de partida. Al final se puso cualquier cosa, total por más que hiciese, su día estaba predestinado a ser un infierno. Al llegar al trabajo su compañero le preguntó, preocupado, si estaba bien ya, que nunca antes le había visto tan mal. Terrible es siempre el momento en el que acumulo señales que me indican que mi teoría es cierta, efecto de la profecía autocumplida. La mañana termina con gran esfuerzo. Generalmente siempre van a comer todos juntos y es un momento distendido y agradable, pero el Sr. Problema empieza a pensar que lo mejor será no hacerlo, ya que no se siente de ánimos. Conclusión: renuncia. Se queda solo en la oficina rumiando (¿por qué, por qué yo, y si…?). Todo esto no  hace más que empeorar su sensación y decide que no trabajará por la tarde ni irá al final del día a tomar algo con sus amigos. Vuelve a casa y se queda a oscuras tumbado aumentando su derrota.

Con los estados de ánimo no hay discusión posible; pueden cambiar debido a algún suceso afortunado o a un cambio en nuestro estado corporal, pero no se puede cambiar mediante argumentos. Muchas veces he experimentado ese estado de ánimo en que sientes que todo es vanidad; y no he salido de él mediante la filosofía sino gracias a una necesidad imperiosa de acción. Bertrand Russel

¿Cómo es que nos cuesta tanto cambiar?

Realmente puede parecer curioso… ¿cómo es posible que habiéndome dado cuenta de lo que necesito o quiero, no sea capaz de lograrlo? Seguramente pueda ser un pensamiento que todos hayamos tenido en un momento u otro. Y si nos precipitamos en sacar conclusiones sin analizar los hechos de una manera adecuada, seguramente lleguemos a hacernos ideas equivocadas. Podría llegar a ser terrible, si a partir de ello creo una teoría sobre mi naturaleza o mi personalidad, o si empiezo a preguntarme el por qué no soy capaz de esto o de lo otro. Ya el padre de Sherlock Holmes, A. C. Doyle, que sabía mucho de investigar con criterio, decía:

“Con frecuencia sólo conseguimos discernir los hechos importantes después de haber suprimido la pregunta por qué; entonces en el transcurso de nuestras indagaciones, los propios hechos nos dan la respuesta”

Así pues, indaguemos. Pongamos el caso: me fijo una meta, la cual considero del todo necesaria, y en su análisis se puede concluir que es de lo más razonable. Hasta aquí todo bien. Tras esto, creo que lo siguiente es lanzarme a la acción atacándola de frente, abarcándolo todo. Consigo mantenerme en la contienda un tiempo determinado, este variará dependiendo de la intensidad y cantidad del esfuerzo empleado. Y llega el momento, generalmente antes que después, que flaqueo y abandono. Este mismo esquema lo repito una y otra vez, alternándolos con períodos de descansos, necesarios para olvidarme de que sólo estoy haciendo A+B=C. A veces tardamos en darnos cuenta de que si haces lo que siempre has hecho, obtendrás lo que siempre has tenido. En este caso, no cambiar algo, no conseguir algo. El fallo está en querer dar un salto demasiado grande. Si quiero cambiar algo o quiero conseguir algo, lo mejor es que lo fraccione de tal manera que todos los días pueda hacer esa pequeña cosa. De esta forma conseguimos un efecto acumulativo. Lograremos hacer una gran cosa gracias a esas pequeñas cosas que he conseguido mantener en el tiempo. Porque no hay que olvidarse que muchas veces, y sobre todo para lograr un cambio, un esfuerzo muy grande pero puntual no es tan efectivo como un pequeño esfuerzo mantenido en el tiempo. ¿Qué será de las montañas azotadas todos los días por el viento?

Mi corazón palpita como una patata frita

Uno de los problemas en los que solemos caer los seres humanos es el de intentar controlar y razonar todo. No digo con esto que razonar sea malo, es una de nuestras cualidades. Tampoco digo que nos apuntemos al descontrol desenfrenado. Las cosas no son en sí ni buenas ni malas, sólo pasan a ser perjudiciales si las aplicamos en momentos inadecuados. ¿Realmente necesito controlar mi cuerpo para asegurarme que funcione bien?. Si hiciese tal cosa, pongamos como ejemplo el crearme la duda sobre el buen funcionamiento de mi corazón, me crearía la necesidad de controlarlo…Y el problema está servido. Como dice Antonio Damasio:

“La naturaleza hace mucho tiempo que se preocupa de proporcionar a los organismos vivos los medios para regular y mantener su vida de manera automática, sin necesidad de hacer preguntas ni pensar”

Vivimos en una constante contradicción con nosotros mismos, ya que por un lado no podemos evitar ser parte de la naturaleza, con sus propias reglas, y por otro lo que nos ha  hecho diferentes, nuestro razonamiento, nuestra mente, nuestra voluntad, nos da la sensación de que no sólo hemos sobrevivido a la naturaleza sino que la hemos superado. Esta combinación nos lleva a querer utilizar nuestra mejor herramienta en momentos inadecuados, siendo en esto resistentes al cambio. Si intento controlar lo que funciona muy bien sin que yo lo piense, ya lo estoy descontrolando. Si pienso en mi corazón lo altero, si intento controlar mi caminar me tropiezo…

“No hacemos nada bien hasta que dejamos de pensar en el modo de hacerlo” W. Hazlitt

El molesto equipaje del Sr. Problema

¿Realmente qué es  lo que supone un problema para nosotros?. Como ya decía Epicteto :

“No son las cosas las que atormenta a los hombres sino los principios y las opiniones que los hombres se forman acerca de ellas. La muerte, por ejemplo, no es terrible; si lo fuera, así le habría parecido a Sócrates. Lo que hace horrible a la muerte es el terror que sentimos por la opinión que de ella nos hemos formado. En consecuencia, si nos hallamos impedidos, turbados o apenados, nunca culpemos de ello a los demás sino a nuestras propias opiniones. Un ignorante le echará la culpa a los demás por su propia miseria. Alguien que empieza a ser instruido se echará la culpa a sí mismo. Alguien perfectamente instruido ni se reprochará a sí mismo, ni tampoco a los demás”.

Los problemas muchas veces son inevitables, pero el sufrimiento que producen es opcional, es lo que pienso de él lo que alimenta mis sentimientos. Si pudiéramos simplemente analizar el problema, valorar qué herramientas necesito, cómo debo hacer para solucionarlo, qué he hecho y no me ha ayudado, nos pondríamos en el camino adecuado. Una de las maneras que tenemos para sentirnos tranquilos es el saber que da igual el problema, encontraré la solución. Nos convertiríamos en este sentido en unos problem solvers. Y es bueno ir cultivando esta habilidad ya desde pequeños, no hay nada mejor que ir creciendo manejando los pequeños problemas que vayan apareciendo, ya que estos serán un buen campo de entrenamiento para la vida. Como decía Karl Popper “vivir es solucionar problemas”.

Por tanto, cuando más huyamos de los problemas, más nos precipitamos a ellos sin control. Querer no tener problemas es ya un problema, ya que en la naturaleza sin vida no hay problemas.