Mi corazón palpita como una patata frita

Uno de los problemas en los que solemos caer los seres humanos es el de intentar controlar y razonar todo. No digo con esto que razonar sea malo, es una de nuestras cualidades. Tampoco digo que nos apuntemos al descontrol desenfrenado. Las cosas no son en sí ni buenas ni malas, sólo pasan a ser perjudiciales si las aplicamos en momentos inadecuados. ¿Realmente necesito controlar mi cuerpo para asegurarme que funcione bien?. Si hiciese tal cosa, pongamos como ejemplo el crearme la duda sobre el buen funcionamiento de mi corazón, me crearía la necesidad de controlarlo…Y el problema está servido. Como dice Antonio Damasio:

“La naturaleza hace mucho tiempo que se preocupa de proporcionar a los organismos vivos los medios para regular y mantener su vida de manera automática, sin necesidad de hacer preguntas ni pensar”

Vivimos en una constante contradicción con nosotros mismos, ya que por un lado no podemos evitar ser parte de la naturaleza, con sus propias reglas, y por otro lo que nos ha  hecho diferentes, nuestro razonamiento, nuestra mente, nuestra voluntad, nos da la sensación de que no sólo hemos sobrevivido a la naturaleza sino que la hemos superado. Esta combinación nos lleva a querer utilizar nuestra mejor herramienta en momentos inadecuados, siendo en esto resistentes al cambio. Si intento controlar lo que funciona muy bien sin que yo lo piense, ya lo estoy descontrolando. Si pienso en mi corazón lo altero, si intento controlar mi caminar me tropiezo…

“No hacemos nada bien hasta que dejamos de pensar en el modo de hacerlo” W. Hazlitt