Miedo al miedo

El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: yo y mi miedo. Thomas Hobbes

El miedo es una emoción presente en el reino animal. Tiene sus propios mecanismos, que se disparan de manera automática. Esto es necesario ya que en la naturaleza no se dispone de mucho tiempo para valorar la situación, es necesario actuar rápidamente. Huir, atacar, someterse. De ello ha dependido la supervivencia de los individuos.

Sin embargo para nosostros, es una fuente inagotable de malestar. Tenemos un día a día de lo más cómodo y es muy raro que tengamos que manejar situaciones extremas. Ingenuamente se podría pensar que vivimos en el paraíso de la tranquilidad. No es así para aquellos que no han podido conseguir el beneficio de mantener el miedo en un nivel óptimo, en el punto en el cual en vez de trampa es trampolín que me impulsa a trabajar mejor, dar una charla sin dormirme, ir preparado a una entrevista de trabajo.

Para éstos, sólo se necesita que se dispare toda la mecánica del miedo, en un lugar y momento inadecuado. Esto es suficiente para meterse en ese reino  disfuncional, dirigido por una lógica circular. Se abren las puertas del infierno, ya que esta lógica transforma los efectos en causas,  y lo que más miedo me da es el volver a sentir lo que sentí. Y hemos, con esto, llegado a los dominios del miedo al miedo. Ya no necesito ninguna señal del exterior, yo mismo me suministro las señales que me aterrarán.

Quizás lo verdaderamente aterrador sea esa conjunción, en una misma persona, de víctima y verdugo, títere y titiritero. Y que por mucho que corra o me esconda, estoy condenado a encontrarme. En estos casos el concepto de soledad cobra un nuevo sentido, como decía Nietzsche:

El miedoso no sabe en realidad qué es estar solo: tras su silla se agazapa siempre un enemigo. ¡ Oh, quien pudiera contarnos la historia de ese sutil sentimiento llamado soledad!