Según Steven Pinker, tres ideas falaces han contaminado a intelectuales y científicos del pasado siglo. Son tres ideas dominantes que se mantienen a pesar de los datos en su contra. Y se mantienen por causas ideológicas.

La primera de ellas es la que da título al libro: la tabla rasa (el empirismo), la idea de que las personas somos como un folio en blanco que la cultura, el entorno, la educación, etc… se encargarán de rellenar. En definitiva, viene a significar que nacemos sin características innatas; la negación de la naturaleza humana. Pinker demuestra lo que muchas personas saben sin necesidad de ser doctores en neurociencia: los seres humanos somos animales, y al igual que ellos estamos influidos por la genética. Por supuesto, no se niega el papel de la educación, pero nuestro ADN también cuenta. Pongamos como ejemplo el de los hermanos que han tenido la misma educación por parte de sus padres (no exactamente la misma, existen favoritismos por parte de los padres, lo que es perfectamente normal. Tocaremos este tema en el blog más adelante). Estos dos hermanos han sido educados de forma muy parecida en valores e ideas, y sin embargo, no podrían ser más diferentes: uno es tímido y retraído, el otro es extrovertido y sociable. Quizá uno se parece más al padre y el otro a la madre. Comparten el material genético, pero este se ha “reordenado” de distinta forma. Un ejemplo mejor: los casos estudiados de gemelos univitelinos separados al nacer. Con entornos y educación distinta, de adultos resultan ser sorprendentemente parecidos en carácter, forma de vestir, elección de pareja, etc…

¿Por qué se niega la influencia genética? Por motivos ideológicos. Si aceptamos que hay gente mala porque nace mala (algo con lo que, probablemente, nuestros abuelos estarían de acuerdo) ¿tenemos que concluir entonces que no hay nada que hacer con ellos, que estamos determinados por la genética? La respuesta es no. La genética cuenta, pero no determina. Hay tendencias como enfermedades o rasgos de carácter, que se pueden desarrollar o no. Somos distintos, sí, pero eso no significa que debamos de abandonar la igualdad de derechos, la justicia, etc. Por otra parte, la creencia en la tabla rasa conviene a aquellos que apuestan por la ingeniería social.

La segunda doctrina es la del buen salvaje (romanticismo): cada persona nace buena pero la sociedad la corrompe. Rousseau popularizó el término, pero ya se idealizaba a los pueblos primitivos tras la conquista de América (Bartolomé de las Casas, Montaigne). Este mito también pervive en la actualidad, a pesar de haber sido refutado en numerosas ocasiones por antropólogos modernos. A los occidentales les gusta imaginarse paraísos terrenales exóticos, sociedades utópicas primitivas viviendo en comunión con la naturaleza, no contaminadas por la corrupta cultura europea. Esta es una visión romántica e idealizada, y, paradójicamente, denigra e infantiliza a esas culturas al falsearlas. Lo cierto es que las sociedades primitivas pueden ser tan o más brutales que las civilizadas (sacrificios humanos, infanticidio, genocidio, etc…)

Tercera y última: el fantasma en la máquina (dualismo). El alma dirige nuestro cuerpo como un piloto dirige una nave. La neurociencia moderna prueba que muchas decisiones que tomamos no son conscientes, no somos seres enteramente racionales y cuestiona el concepto del libre albedrío. No hay tal cosa como “mente y cuerpo” sino que somos nuestros cuerpos.

A este sesudo repaso le sigue un intensivo análisis de la repercusión sobre la cultura, artes, política, género, justicia y educación. Pinker es muy prudente y respetuoso. En el capítulo “Los temas candentes” busca el debate y una base común para abordar el cambio de paradigma que supone la refutación de los tres mitos. “Cuando los hechos científicos entran en escena, pocas veces se ajustan exactamente a nuestras expectativas”

Este libro ha sido enormemente influyente. Ya tiene unos añitos, y seguramente perdurará, así que, modestamente, os lo recomiendo 🙂

 

“La tabla rasa. La negación moderna de la naturaleza humana” Steven Pinker, editorial Paidós.

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